Violencia doméstica


Hay quienes cotidianamente duermen con la muerte. disfrazada de marido

Yalena de la Cruz

Ella se queja de su pareja con silente y continuo llanto. ¿Por qué lloras? Silencio y llanto; llanto y silencio. Mujer enamorada de un típico patán: mujeriego, borracho, mentiroso, incapaz de tener alguna muestra de emotividad o afecto -ni la abraza ni la besa-. No la lleva a las fiestas, donde bebe a más no poder y ejercita su tradicional ritual de conquista. Si está borracho, pero no demasiado, quiere sexo con ella para, simplemente, usarla y descargar sus deseos; si no, ni siquiera la toca. peor aún, ni siquiera la mira, y más bien pasó de ser el "mi amor" de novia, a la vieja gorda, sin dientes y que ronca.

Ella trabaja; asume gastos de la casa y llora en silencio, atormentada por la violencia psicológica, por el trauma diario del licor y del desprecio, y atragantada con el medieval consejo: ¡Aguante, que esa es la vida! ¡Es por los güilas!

Comienza la violencia física. Un día decide pedir auxilio. Tiembla en la línea. Le toman la declaración.

Un juez atiende el caso. Ella sigue expuesta, hasta que su nombre aparece en letra de molde en todos los diarios: "Una mujer más, víctima de la violencia doméstica".

Y, mientras tanto, la Asamblea Legislativa, indiferente, archiva el proyecto de ley que encierra una leve esperanza para proteger a quienes cotidianamente duermen con la muerte disfrazada de marido. ¿Hasta cuándo?